La estructura, oficialmente conocida como Casa Keret, fue diseñada por el arquitecto polaco Jakub Szczęsny. El proyecto surgió a partir de un intersticio urbano que durante años fue considerado inutilizable: un vacío estrecho entre una edificación de la posguerra y una torre de departamentos moderna. Lejos de descartarlo, el arquitecto decidió transformarlo en una instalación artística habitable, con una fuerte carga simbólica y funcional.
El edificio cuenta con una superficie total de apenas 14 metros cuadrados, distribuidos en dos niveles conectados por una escalera metálica. El espacio interior obliga a una organización precisa: la cocina se reduce a un pequeño anafe, el baño es compacto y el dormitorio consiste en una cama ubicada bajo una claraboya. No hay lugar para elementos superfluos, y cada centímetro cumple una función específica.
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El primer habitante de la casa fue el escritor y cineasta israelí Etgar Keret, quien dio nombre a la obra. Hijo de padres sobrevivientes del Holocausto en Polonia, Keret aceptó residir en esta estructura de hierro y policarbonato como parte de una experiencia artística y personal. Sobre su vivencia en el lugar, expresó: “Antes de entrar, tenía miedo de que fuera claustrofóbico, pero en realidad te sientes muy seguro, como si fueras un feto en el útero”.

El diseño prioriza el ingreso de luz natural mediante paneles traslúcidos, lo que atenúa la sensación de encierro pese a la extrema estrechez. La casa no posee ventanas laterales tradicionales, una decisión tomada para preservar la privacidad y la integridad térmica. La ventilación se resuelve con sistemas mecánicos, mientras que el acceso se realiza a través de una entrada discreta en la parte inferior, mediante una escalera retráctil.
Desde el punto de vista técnico, la obra implicó desafíos significativos. Szczęsny logró instalar sistemas independientes de agua y electricidad en un espacio mínimo, adaptándose a las restricciones del entorno. El resultado fue una vivienda funcional que, además de su valor arquitectónico, plantea un experimento sociológico sobre la adaptabilidad humana y las nuevas formas de habitar.
Con el paso del tiempo, la Casa Keret alojó a otros artistas y creadores itinerantes que buscaron inspiración en el aislamiento y la austeridad del lugar. Actualmente, la residencia es gestionada por la Fundación Polaca de Arte Moderno, que la mantiene como espacio para invitados internacionales y promueve el intercambio cultural en un contexto no convencional.
Desde el exterior, la casa pasa casi desapercibida: se presenta como una delgada lámina blanca encajada entre construcciones más voluminosas. Sin embargo, quienes la visitan señalan que, tras algunas horas en su interior, la percepción del espacio cambia y la mente se adapta a la verticalidad del refugio, relegando la sensación de estrechez.
Más allá de su carácter singular, la Casa Keret se consolidó como un símbolo de la regeneración urbana y del uso creativo del suelo en áreas saturadas. No se trata solo de una curiosidad arquitectónica, sino de una declaración sobre el futuro de la vivienda y la posibilidad de ofrecer soluciones funcionales incluso cuando el espacio disponible es mínimo.
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— misionesonline.net (@misionesonline) March 18, 2024





