Según explicó el empresario metalúrgico, Carlos Manuel Amores, el sector metalúrgico argentino atraviesa un escenario complejo y heterogéneo, atravesado por variables internacionales, decisiones macroeconómicas nacionales y tensiones estructurales propias de la industria. Así lo planteó el empresario Carlos Manuel Amores, quien trazó un diagnóstico que combina aumentos de costos, pérdida de competitividad y una necesidad urgente de adaptación.
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Impacto internacional: la guerra y la presión sobre los costos
Uno de los factores más determinantes en el corto plazo es el conflicto en Medio Oriente, que ya comienza a impactar en la estructura de costos de la industria. Amores explicó que el efecto no es indirecto ni marginal: “impacta en todo el planeta”, debido a que gran parte de los insumos industriales son commodities vinculados al petróleo.

El empresario detalló que materiales clave para el sector, como el acero, el aluminio o los derivados químicos utilizados en procesos productivos, ya registran aumentos significativos. “El isocianato subió un 50%, el acero entre un 5% y un 10%, el aluminio un 30%”, precisó. Esto se traduce en incrementos directos en los costos de producción que, en muchos casos, no pueden trasladarse de inmediato al precio final.
“Estamos hablando de entre un 15% y un 17% más en nuestros productos respecto al mes pasado”, señaló, y advirtió que este proceso es inevitablemente inflacionario: “Esto se termina trasladando a precio, aunque sea en uno, dos o tres meses”.
Además, remarcó que el impacto no será transitorio. La destrucción de infraestructura energética en zonas de conflicto implica que la normalización de precios puede demorar años, lo que prolonga la presión sobre la industria.
Economía argentina: mejora macro vs. deterioro industrial
En cuanto al contexto local, Amores reconoció que existen indicadores macroeconómicos positivos en el actual gobierno de Javier Milei, especialmente vinculados a sectores como energía y agroexportación. Sin embargo, advirtió que esa mejora no se traslada al entramado industrial.
“Los números indican que la Argentina está mejor en términos reales, pero el sector industrial está muy golpeado”, afirmó. En particular, señaló que la combinación de apertura económica y caída del consumo interno genera un escenario adverso.
El empresario explicó que la orientación exportadora de algunos sectores reduce la oferta en el mercado local, lo que encarece productos y retrae la demanda. “Se achica el consumo interno y eso impacta directamente en la industria”, indicó.
A esto se suma la eliminación de herramientas de regulación estatal, como la intervención en los precios de los hidrocarburos, lo que deja a la economía más expuesta a las fluctuaciones internacionales. “Hoy esa decisión es estrictamente del mercado”, sostuvo.
Importaciones: más competencia y presión sobre la producción local
Uno de los puntos más sensibles es el avance de las importaciones, facilitado por la reducción de aranceles y la simplificación de trámites. En el caso específico del rubro metalúrgico, Amores detalló que productos que antes no ingresaban al país ahora compiten directamente con la producción nacional.
“Antes tenías un arancel del 35% para furgones térmicos, hoy es del 21%. Eso hace que sea mucho más fácil importar”, explicó. En ese contexto, ya comenzaron a ingresar productos estándar desde Brasil, algo que antes no ocurría.
Si bien reconoció que esta apertura puede incentivar la eficiencia, también marcó límites claros: “Hay niveles con los que no podés competir, como China, que tiene subsidios y escala”. En este sentido, trasladando el ejemplo del país asiático al sector automotriz, ubicó la producción argentina en 600 mil unidades y la china en 30 millones.
El problema se agrava en regiones como Misiones, donde la competencia no solo es internacional sino también fronteriza. “Competimos con Paraguay, con Brasil y con productos que llegan directamente al consumidor”, indicó, lo que profundiza la retracción del mercado local.
Adaptación empresarial: entre la eficiencia y la reconversión forzada
Frente a este escenario, las empresas se ven obligadas a redefinir sus estrategias. Sin embargo, Amores fue contundente al señalar que la reconversión industrial no es sencilla: “Cuando generás una línea de producción, no podés cambiar de producto de un día para el otro”.
En muchos casos, la alternativa es dejar de producir y pasar a importar, lo que implica una transformación estructural del negocio. No obstante, también surgen estrategias de adaptación interna.
En su caso, explicó que la empresa analiza volver a fabricar componentes que antes importaba, debido al encarecimiento externo. “Esto te obliga a invertir, a tomar decisiones pensando a tres años”, sostuvo.
Además, destacó un cambio en la lógica del mercado: la desaceleración inflacionaria modificó el comportamiento empresarial. “Antes el negocio era stockearse y ganar con la inflación. Hoy tenés que ser eficiente, mirar al cliente y competir en precio y calidad”, explicó.
Sin embargo, advirtió que el proceso de ajuste tendrá consecuencias: “Vamos a ver una centralización de empresas, donde algunas no van a poder sostenerse”. Esto puede traducirse en cierres, reducción de personal o menor actividad.
El panorama que describe el sector metalúrgico combina factores globales y locales que tensionan su sostenibilidad. Aumentos de costos, mayor competencia externa y cambios en las reglas de juego obligan a las empresas a adaptarse en un contexto donde, según el propio Amores, “hacer industria en Argentina siempre implica sufrir, pero también reinventarse permanentemente”.
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