Por Pablo Daviña
La respuesta que suelo dar es la siguiente: desde que tengo uso de razón, nuestro país vive en crisis. Por mi edad —tengo 47 años— conocí la crisis del Austral y la hiperinflación del gobierno de Alfonsín, donde los precios de los alimentos cambiaban de la mañana a la tarde. Luego vino la crisis de la apertura indiscriminada de la economía en los años 90 con los dos gobiernos de Menem; allí vimos muchas empresas cerrar y otras reconvertirse de productoras a importadoras. También vimos en el sector inmobiliario créditos en dólares, ya que teníamos una paridad ficticia del 1 a 1 entre el peso y el dólar, que estalló por los aires en el año 2001.
Esas crisis me tocó vivirlas en Buenos Aires, donde estudiaba la carrera de Administración en la universidad pública. He visto a muchas personas en situación de calle y a empresas a las cuales el mercado interno para sus productos se les redujo drásticamente. Esa crisis fue, además, impulsada por la apropiación de los ahorros en dólares de muchas personas en lo que se denominó el «corralito», y luego la famosa pesificación de las deudas. Recuerdo que fue un punto de inflexión al aguante de la sociedad; muchas personas se marcharon del país y los movimientos de protesta con cacerolazos eran muy intensos. Aún recuerdo cómo se comenzaban a gestar esas protestas de personas que salían en Buenos Aires a sus balcones a hacer sonar las cacerolas, todo un acontecimiento triste de nuestra historia.
Luego sucedió un período de lenta recuperación en el que fuimos beneficiados por los precios internacionales de los productos del campo y, gracias a ello, el país en pocos años se pudo recuperar macroeconómicamente. Recuerdo que en las universidades públicas se produjo una tesis, el Plan Fénix, que repensaba las bases para el crecimiento.
Más adelante tuvimos otras crisis, como la del 2008, que fue muy profunda en Estados Unidos y Europa, denominada la crisis de las hipotecas subprime. Fue una crisis promovida por la especulación de vender hipotecas sin un análisis serio de capacidad, que terminó en una burbuja que explotó por los aires; aquí el impacto no fue tan profundo, pero tuvimos algún rebote. En el 2016 tuvimos otra crisis con los créditos UVA: muchos tomadores de créditos vieron sus deudas elevadas de forma exponencial por la incidencia de la inflación. En el 2020, bueno, todo el mundo sufrió la pandemia, que obligó a cerrar negocios y a otros a reconvertirse.

Este año trae otro tipo de crisis, con la premisa de bajar la inflación haciendo uso de herramientas monetarias, como contener la emisión de billetes y el valor del dólar. Aunque el fenómeno de la inflación responde además a otros factores, como la credibilidad y la estabilidad política y de rumbo que aquí no se percibe —más bien conflictos y pleitos que en nada favorecen a la estabilidad—, además de empresas que otra vez se ven perjudicadas por la apertura del mercado sin posibilidad de que las Pymes locales compitan en igualdad de condiciones (impositivas, fundamentalmente, donde no hubo medidas de mejora aún). Pero hay un plus: muchos empresarios ya la vivieron y entonces buscan reconvertirse. Se suma, además, el cambio de era en el que estamos, donde la IA comienza a jugar un papel más determinante en los empleos y en la productividad de las empresas.
Es decir: siempre hubo crisis y siempre vivimos en crisis.
Por ello, cada vez que me preguntan, digo que nunca es el «mejor» momento, sino que uno debe evaluar cómo es su momento para decidir vender o comprar un inmueble. En algún aspecto, uno debe abstraerse de los análisis exógenos y evaluar si las condiciones personales están dadas. Si voy a comprar una propiedad: ¿puedo abonarla?, ¿está a mi alcance?, ¿cubre lo que necesito para esta etapa de mi vida? (Una casa más amplia si tengo una familia con hijos chicos, o un departamento confortable y bien localizado si ya no tengo hijos viviendo conmigo y quiero una vida menos atada a los compromisos que implica una casa).
Asimismo, si quiero vender, deberé analizar si con la venta podré concretar lo que preciso, que muchas veces es resolver un problema familiar a futuro (por ejemplo, no dejar un patrimonio complejo si uno avizora que habrá problemas en nuestra ausencia, o vender para vivir más cómodo los últimos años, achicarse o destinar el capital a inversiones en propiedades más versátiles).
Cada caso es particular y la decisión debe estar sustentada en estos principios más que en la coyuntura actual, pues en Argentina siempre vivimos en crisis.
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— misionesonline.net (@misionesonline) March 18, 2024





